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Nunca coloqué mis manos sobre el timón de mi nave. La dejé a la deriva, a merced de las olas, sabiendo de que el dueño del mar controlaría la fuerza y dirección de los vientos. Cuando iniciamos este nuevo camino de la fe nos dejamos envolver por el amor de Dios y en el viaje de la vida hemos encontrado valles y desiertos dejándonos llevar por el Señor. Recuerdo que el Señor nos regalaba milagros…
© 2013 Creado por Martín Olivares.